La catedral como símbolo de creación.

Recomendamos escuchen y vean el comentario de esta obra por parte de Javier Barón, Jefe de Conservación de Pintura del siglo XIX del Museo del Prado.

 

 

 

CASTILLA. AZORÍN (1912)

 

UNA FLAUTA EN LA NOCHE

¡Ah Tiempo ingrato! ¿Qué has hecho,

Diego Láinez, en Las Mocedades

del Cid, de Guillén de Castro.

 

   1820. Una flauta suena en la noche: suena grácil, ondulante, melancólica. Si penetramos en la vetusta ciudad por la Puerta vieja, habremos de ascender por una empinada cuesta; en lo hondo está el río; junto al río, en elevado y llano terreno, se ven dos filas de copudos y viejos olmos; de trecho en trecho aparecen unos anchos y alongados sillares que sirven de asiento. La obscuridad de la noche no nos permite ver sino vagamente las manchas blancas de las piedras. Allá, a la entrada del pueblo, al cabo de la alameda, una viva faja de luz corta el camino. Sale la luz de una casa. Acerquémonos. La casa tiene un ancho zaguán: a un lado hay un viejo telar; a otro, delante de una mesa en que se ve un atril con música, hay un viejecito de pelo blanco y un niño. Este niño tiene ante su boca una flauta. La melodía va saliendo de la flauta larga, triste, fluctuante; la noche está serena y silenciosa. Allá arriba se apretuja el caserío de la vetusta ciudad: hay en ella una fina catedral, con una cisterna de aguas delgadas y límpidas en un patio; callejuelas de regatones, percoceros y guarnicioneros; caserones con sus escudos berroqueños; algún jardín oculto en el interior de un palacio. Los viajeros que llegan —muy pocos viajeros—se hospedan en una posada que se llama de la Estrella. Todas las noches, a las nueve, por la alameda de cabe al río, pasa corriendo la diligencia; durante un momento, al cruzar frente a la casa iluminada, los sones gráciles de la flauta se ahogan en el estrépito de hierros y tablas del destartalado coche; luego otra vez, la flauta, suena y suena en el silencio profundo, denso, de la noche. Y por el día, este viejo telar marcha y marcha con su son rítmico.

   1870. Han pasado cincuenta años. Si queremos penetrar en la vieja ciudad, hagámoslo por la Puerta vieja. Dejemos la diligencia al entrar en el puente para cruzar el río. La diligencia llega a la ciudad todas las noches a las nueve. Todo está en silencio; allá arriba en el caserío se divisan algunas lucecitas; comenzamos a ascender por la empinada cuesta; hemos dejado abajo las tenerías—esas tenerías vetustas que encontramos en La Celestina—. Ahora caminamos por la alameda de copudos y centenarios olmos. Apenas si en la obscuridad se destacan las manchas blancas de los asientos de piedra. Una viva franja de luz irrumpe sobre el camino. ¿Saldrá de aquella casa esta melodía de una flauta que escuchamos: esta melodía larga, melancólica, que parece un hilito de cristal que por momentos va a romperse? En el zaguán de esa casa hay un viejo y dos niños: uno de los niños va tocando la flauta; el otro le contempla silencioso, absorto, con sus ojos azules, anchos y redondos. El viejo, de cuando en cuando hace una advertencia al niño que toca. Hace mucho, mucho tiempo este viejo era un niño: aquí mismo, por las noches, hacía salir de la flauta esta misma melodía que ahora toca otro niño. La diligencia pasaba con una baraúnda atronadora de hierros y tablas; durante un instante dejaba de oírse el son delicado de la flauta; luego volvía otra vez a resonar en la noche. Dormían allá arriba los viejos caserones; dormían los olmos del paseo; dormían el río y las campiñas. Ahora, cuando al cabo de una hora, estos sones de la flauta cesan, este niño que está silencioso y absorto, se marcha hacia la ciudad, y allá en un viejo caserón que hay en la plaza, se pone a leer en unos libros de renglones cortos hasta que el sueño le rinde. Poca gente viene a este pueblo; si llegáis hasta él, os aposentaréis en la posada de la Estrella. No hay otra; está en la calle de Narváez, antes del Peso de la Harina, cerca del almudín, conforme se sale al campo por el camino del cortinal de D. Ángel.

   (¿Cuántos años han transcurrido? Los que les plazca al lector. En Madrid hay ahora en un cuartito, allá en lo alto de una casa, un hombre que tiene una barba blanca y los mismos ojos anchos y azules de aquel niño que en la vetusta ciudad contemplaba extasiado, absorto, por las noches, cómo otro niño tocaba en una flauta largas y melancólicas melodías. Este hombre lleva un traje modesto, ajado; sus botas están deslustradas. Hay en la casa una meso llena de libros; en una grande estantería yacen también los libros. Muchos de estos libros van desapareciendo poco a poco, dejando en los plúteos anchos claros. En la pared, colgadas, se ven dos hermosas fotografías; una, la de una dama de bellos y pensativos ojos, con unos rizos sedosos, tenues, sobre la frente; otra, la de una niña, tan pensativa y bonita como la anterior dama. Pero en la casa no se oyen voces femeninas. Este hombre de la barba blanca a veces escribe durante largos ratos en unas cuartillas; luego sale, marcha por las calles, entra en unas casas y en otras llevando sus papelitos; habla con unos y con otros. A veces, estos mismos papeles que él ha escrito tornan con él a casa, y él los va poniendo en un cajón, donde yacen otros, llenos de polvo, olvidados.)

   1900. La diligencia que sabia todas las noches a la vieja ciudad por la cuesta del río, allá por donde están las tenerías, a lo largo de la alameda, ya hace años que ha dejado de correr. Ahora han hecho una estación; el tren se detiene ante la ciudad, también por la noche, pero lejos de la alameda y del puente viejo, al otro lado de la población. Pocos viajeros son los que llegan diariamente; esta noche ha llegado uno: es un viejo con la barba blanca y los ojos azules. Ha bajado del tren envuelto en un pobre gabán y con una maleta de cartón en la mano. Cuando ha salida de la estación y ha llegado ante el ómnibus destartalado, ya el tren se alejaba en la noche obscura, por la campiña adelante. El ómnibus lleva a los viajeros al hotel de la Estrella. Es el mejor de la ciudad: su antigüedad es su más segura garantía. Lo han mejorado mucho; antes estaba en la calle de Narváez, pero lo trasladaron a un gran caserón de la plaza. El viajero de la barba blanca ha subido en el carricoche y se ha dejado llevar. No sabía por dónde le llevaban. Cuando ha parado el coche en la plaza, frente al hotel, ha visto que esta casa es la misma en que él vivió hace muchos, muchos años, siendo muchacho. Luego le han designado una habitación: es el mismo cuartito en que él leía tanto en aquellos mismos años de adolescente. Al verse entre estos muros, el hombre de la barba blanca se ha sentado en una silla y se ha puesto la mano—bien apretada—sobre el pecho. Necesitaba respirar aire libre: ha salido de la fonda y ha comenzado a recorrer las callejas. Andando andando ha llegado hasta la vieja alameda. La noche estaba serena, silenciosa: en el silencio profundo de la noche, sonaba una flauta. Sus sones se percibían como un hilito de cristal: era una melodía antigua, larga y melancólica. Un haz de luz salía de una casa; se ha acercado nuestro viajero y ha visto en el zaguán un viejo y un niño; el niño tocaba en la flauta la larga melodía. Entonces el hombre de la barba blanca se ha sentado en una de las piedras del paseo y ha tornado a ponerse sobre su pecho la mano—bien apretada.

 

 

Castilla: transcripción de la edición de 1912 disponible digitalmente

Sobre la imagen del retrato de Aureliano de Beruete: Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons - https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Aureliano_de_Beruete_padre_(Sorolla).jpg#/media/File:Aureliano_de_Beruete_padre_(Sorolla).jpg